lunes, 5 de julio de 2010

Capítulo II

Dana vestía un traje de chaqueta de falda y americana azul, camisa blanca, zapatos negros con un tacón mínimo, el pelo recogido en un moño y discretamente maquillada.

Ella no tardaba mucho en arreglarse, aunque fuera a una reunión importante, pensaba que era una tontería querer parecer algo que no era y siempre había detestado. Tenía en mente a Albert Einstein, el tenía varios trajes todos iguales, del mismo color e igual ocurría con el resto de su indumentaria, el siempre decía que era una perdida de tiempo elegir lo que uno se va a poner “un genio como él debía estar en lo cierto”.

Antes de bajar del taxi que le había llevado a la puerta del restaurante donde tendría lugar la reunión, Dana se apresuró a pintarse los labios, era el último toque para parecer perfecta. Una vez dentro del recinto se dirigió a la mesa que el Maître le señaló, allí se encontró con cinco caballeros, con los que debería discutir sobre un negocio que la podría llevar a la gloria delante de sus superiores y colegas. Resuelta llegó a la mesa y saludó a los allí presentes en inglés, por supuesto. Dana dominaba este idioma como si fuera su lengua materna, no puedes ser alguien en el mundo empresarial sin el.

Después de las presentaciones, se sentó, un caballero de pelo cano hizo una señal al Maître y este anotó lo que todos habían elegido previamente.

¿De qué hablaban caballeros?

El hombre que estaba sentado a la izquierda de Dana rió, mientras le respondia: De nada que le interese señorita Llorach (pues es el apellido de Dana) simplemente de futbol, no creo que a usted le guste este tema.

Dana forzó una sonrisa. ¿Quién era aquel imbécil para dejarla en evidencia nada más iniciar la velada?

Poco a poco y mientras el tiempo transcurría, todos se fueron relajando.

Dana quería iniciar una conversación en torno al asunto que la había llevado allí, pero todos sabían que no podían, tenían que ser pacientes y esperar a los cafés. Esas eran las normas y bajo ningún concepto debía saltárselas.

Dios mío, por fin. Pensó Dana.

Un camarero les trajo una bandeja con los cafés y algunas botellas de diferentes licores.

Bueno después de tan agradable cena, creo que ha llegado la hora de hablar del tema que nos ha traído a todos aquí. Dijo Dana como en un suspiro después de una sesión de yoga.

Mister Smith, era el dueño de una fábrica de aparatos electrónicos de renombre y todos los presentes incluido ella babeaban por atraparlo como cliente. Mister Smith estaba expandiendo su negocio y ya había realizado los trámites oportunos para la instalación de una filiar en territorio español.

Todos los que lo rodeaban, pertenecían a diferentes entidades bancarias que se ofrecían en la gestión de sus cuentas, jugosas cuentas. Eran perros babeando por el mismo hueso. El Banco al que Dana representaba, tenía sucursales por todo el mundo y su nombre era reconocido por la comunidad inglesa. Dana pensó que era una buena baza, pero los perros que estaban a su lado, eran duros y se lo iban a poner muy difícil.

Después de discutir arduamente por dos horas y media, Mister Smith estrechó la mano de Dana.

Lo conseguí, pensó y aunque su corazón le pedía gritar al mundo su logro, se comportó como una gran profesional.

Salieron del restaurante y Dana pagó la cuenta, esa era otra de las normas del manual del buen representante.

Ya en la calle, el Mr. Smith le volvió a estrechar la mano para despedirse sin antes decirle que llamara al día siguiente por la mañana a su asesor jurídico, para concretar los detalles.

Dana estaba pletórica de alegría, tomo un taxi en dirección al hotel, una vez en él miró hacia el cielo a través de la ventanilla del vehiculo y pensó ahora sois mías.

1 comentario: