jueves, 8 de julio de 2010

Capítulo III

Dana se levantó de la cama llena de vitalidad, estaba feliz, sus compañeros se rendirían a sus pies, había conseguido una cuenta lo suficientemente jugosa para provocar toda clase de envidias.

Se duchó y se vistió para tomar el avión de regreso a Barcelona, pero antes debía ponerse en contacto con Mr. Morrison, tal como le había indicado Mr. Smith la noche anterior.

Esperó que fueran las 9 de la mañana para hacer la llamada, no quería parecer demasiado ansiosa, así que bajo a desayunar para hacer tiempo.

A las nueve menos 10 minutos se apresuró a llegar de nuevo a la habitación y hacer la llamada.

Buenos días soy la Srta. Llorach, puede pasarme con Mr. Morrison, está esperando mi llamada.

Un momento por favor.

Pasaron algunos segundos, pero para Dana fueron una eternidad, hasta que una voz ronca se puso al teléfono.

Srta. Llorach? Preguntó.

Sí soy yo, Mr. Smith me dijo que me pusiera en contacto con usted.

Si, si, si. Ya he hablado con él a primera hora de la mañana, y me ha encargado de su parte que lo disculpara, lo ha estado pensado mejor y ha decidido que es mucho más conveniente para la empresa gestionar sus cuentas con la entidad bancaria que representaba el Sr. Martínez.

¿Cómo? . Exclamó atónita Dana. ¡Pero el cerró el trato conmigo ayer!.

Lo siento mucho Srta. Llorach, pero no está en mi mano, es algo del Director. Igualmente los tendremos en cuenta para un futuro. Lo lamento mucho. Buenos días.

Dana se quedó con el teléfono en la mano, había colgado y sus sueños se habían desvanecido, rotos en mil pedazos.
Dana llego a la entidad bancaria donde prestaba sus servicios vestida igual que siempre, pero con una gran diferencia, sus ojos reflejaban el fracaso. Nunca le habían encargado un asunto tan relevante y había fallado, era una perdedora, jamás sería igual que sus colegas, jamás llegaría a nada.
Dirigió sus pasos hacia la sala oval, que en realidad era cuadrada, pero la denominaban así porque allí se forjaba los grandes negocios y el futuro de todos.
Se sentó en uno de los cómodos sillones que rodeaban la mesa, que ésta si era oval.
Sitúo los papeles encima de la mesa sin mediar palabra con nadie y los revisó una y otra vez como si en ellos se encontrará el secreto de su fracaso. Pasado unos minutos y cuando todos estaban ubicados en sus respectivos asientos, llegó el Director y la reunión tuvo inicio.
Todos los presentes debían dar cuenta de sus actuaciones en los negocios que la entidad que les habían encomendado. Uno a uno fueron dando sus informes, todos eran buenos en mayor o menor medida, solo un fracaso y éste era el de Dana.

Dígame Srta. Llorach, ¿como fue todo con nuestro rey de la tecnología?

El Presidente había dibujado una mueca en su rostro algo cómica.

Todos se volvieron a mirarla. Dana no podía respirar un nudo en su garganta se lo impedía, el corazón se le había acelerado tanto que pensaba que estaba padeciendo un infarto, pero en realidad era pánico.

Lo siento mucho Sr. Presidente, dijo con un hilo de voz.

Disculpe señorita, hable más fuerte no la he oído.

Dana carraspeó y con voz algo más decidida dijo:

Mr. Smith cerró el negocio con nuestra entidad, después de cenar, pero al día siguiente, cuando hablé con su asesor, le habían pasado la gestión de sus empresas a otra entidad.

Dana movió la cabeza de lado a lado y apretó sus sudadas manos.

No, no lo entiendo, era mio y….

El Presidente borró la mueca de su cara, volviendo esta a un rostro duro e inexpresivo.
Cuando la reunión concluyó todos se dirigieron a la puerta de salida, pero Dana no fue capaz de levantarse de su asiento, estaba convencida de que sus piernas no la sostendría.

¿Qué ocurrió Dana?

La muchacha se sobresaltó, no se había percatado que el Director se había quedado en la sala mirándola.

Contestó abatida: No lo sé, le he dado mil vueltas y no sé en que pude fallar y cuando.

Averigua quien se ha quedado con el cliente y que hizo para conseguirlo. Dentro de una hora nos reuniremos en mi despacho y quiero esta incógnita desvelada, por tu bien y por el mío.

Dana se fue directa a su despacho, por el pasillo se oían susurros de sus compañeros, risitas, alguna voz de ánimo hipócrita…..
Cuando llegó, le dijo a su secretaria que no la molestara nadie.
Tomó el teléfono y llamo a la central de la entidad bancaria donde trabajaba quien le había robado la oportunidad de su vida.
Después de media hora hablando por teléfono en tono acalorado, Dana colgó este con un golpe brusco.
Maldito bastardo.
Se levantó y se dirigió al despacho del Director.
Después de ser anunciada , entró.

¿Ya ha desvelado la incógnita? Srta. Llorach
Sí. Su afirmación fue rotunda y seca ya no estaba asustada ahora estaba indignada.

¿Y pues?

El muy canalla, cuando me dirigía al hotel Martínez aprovechó para llevarse al Mr. Smith a un bar de copas, en esos bares que las mujeres no entran, las únicas que hay son de alquiler.

Entiendo siga, por favor.

Le hizo que bebiera hasta la saciedad le pago las señorita que le pareció bien y por ese motivo solo por ese motivo rompió el acuerdo conmigo.

El presidente dio un suspiro mientras se agarraba la barbilla i arrugaba el ceño.

Me equivoqué, usted no tiene la culpa señorita. La culpa es mía nunca debí elegirla a usted para este asunto. Martínez es un perro viejo, y sabe muy bien lo que le gusta a sus victimas.

Dana abrió la boca cual marioneta, no podía creer lo que estaba escuchando.

¿Que quiere decir?, ¿que las mujeres no podemos cerrar negocios porque no llevamos de putas a los clientes?

Bueno es una manera brusca de decirlo, pero es la realidad, usted no puede llegar a ciertos lugares…..

Dana dio una palmada en la mesa del Presidente sin dejar que este acabara de hablar.
Se había acordado lo que aquella mujer le había dicho en el aeropuerto.

¿Sabe qué?, ¿sabe qué?, moviéndose nerviosa por el lateral de la mesa.
Es injusto. Yo trabajo más que nadie en esta entidad, me dejo la vida, y ¿Qué consigo?
Que un pedazo de cabrón me deje en ridículo delante de usted, porque soy mujer.
Eso se ha terminado ¿sabe?.
Usted conoce a mi familia, me conoce a mí desde que era pequeña, le voy a pedir un gran favor.

El presidente que no había abierto la boca, por la explosión impropia con el carácter de Dana, simplemente asintió con la cabeza.

Un año, quiero que de me un año y le juro que esto cambiará, seré su mejor empleado y el que más logros alcance.

¿Seguro Dana?, alcanzó a decir el presidente.

Seguro contestó ésta con los ojos llenos de ira.

Está bien un año. Te guardaré tu plaza un año. Después ya me demostrarás lo que puedes hacer.

Dana, inspiró profundamente, y le dio las gracias, se dirigió erguida a la puerta de salida y en ella se dio la vuelta y repitió antes de cerrarla tras ella “ un maldito año”-

1 comentario:

  1. Wow!!!
    Esa Dana... creo que se vá a salir con la suya, si, que bien!!!

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