domingo, 18 de julio de 2010

Capítulo IV

El taxi paró delante de la puerta de una gran mansión de piedra del siglo XVIII.

Dana bajo del vehículo después de abonar la carrera que la había traído desde el aeropuerto de East Midlands.

Se encontraba en algún lugar remoto del condado de Nottinghamshire, sin ningún núcleo de civilización cercano.

El taxi se alejo y Dana se quedó sola, mirando la gran puerta de hierro forjado con lindos motivos que rompían la frialdad del metal y que franqueaban el acceso a un camino que parecía llevar al paraíso.

Dana se subió el cuello de su abrigo, hacía frío y finas gotas de agua caían del cielo plomizo, color típico de éste en casi todas las épocas del año.

Un ruido estridente asustó a la muchacha, era la pesada puerta al abrirse lentamente.

La muchacha tomo su maleta y entró admirando la vegetación del jardín y de los exuberantes cedros que delimitaban el castillo, cual nobles guerreros alzando sus espadas al cielo.

Ella siempre se había movido por grandes ciudades, no era muy amante de lo rural, pero aquello le parecía un sueño.

Llego al pie de la mansión, la grandiosidad de aquella construcción la dejó sin aliento.

Los muros de envejecida piedra y adornados de hiedra que se aferraba a ellos dando una sensación de aun más seguridad, las torres desafiantes a ambos lados del edificio, los ventanales, el invernadero adjunto que daba un toque de modernidad.

¿La Srta. Llorach, supongo?

Dana no se había percatado de que la gran puerta de madera se había abierto y que de ella había salido una mujer vestida totalmente de negro.

Si, si, soy yo, discúlpeme.

Si quiere hacer el favor?



Dió la vuelta caminando lentamente hacia la casa y Dana la siguió.

Ya en el interior se dio cuenta de que todos los detalles de aquella casa eran los acordes con la impresión de sobriedad que se quería dar de ella, alfombras de color beige con dibujos en rojo ingles, los muebles antiguos de madera oscura e impecablemente limpios y abrillantados, candelabros de plata pulidos que semejaban espejos, cuadros de diferentes mujeres con caras serías excepto uno, el de una mujer rolliza que esbozaba una sonrisa picaresca.

¿Quiere hacer el favor de esperar en el despacho?, el ama no tardará en recibirla.

¿Me permite recoger su abrigo y su maleta?

Dana se los entregó agradecida y entró en la sala.

Dios era impresionante.

Era una habitación oval, con grandes ventanales en un tercio de ella, en el otro montones de libros en dos pisos y cuidadosamente colocados, una escalera de madera con ruedas facilitaba el acceso a los estantes superiores, al lado de los ventanales una mesa de roble en forma de media luna, con todos los detalles habituales de un despacho de primeros de siglo XX.

En la parte izquierda dos sillones acolchados en color verde oscuro con una mesa redonda entre ellos y delante de una gran chimenea encendida.

Dana estaba absorta por tanto detalle cuando escuchó a sus espaldas una voz que conocía muy bien, la voz de Mrs. Jones.

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