Dana levantó la cabeza para mirar por cuarta vez el gran panel de la terminal del aeropuerto de Girona, España.
Dios mío, espero que mi avión pueda salir a tiempo para mi reunión en Londres, ésta sería la tercera vez que llegaría tarde por culpa de las inclemencias del tiempo. Mis jefes se van a poner como una furia, si esto me vuelve a suceder.
Amiga mía usted no tiene la culpa de los retrasos de estos malditos aparatos, debe relajarse
Dana se sobresaltó al oír esas palabras.
Lo siento mucho, disculpe, pensaba que estaba pensando. No me dí cuenta de haberlo expresado en palabras.
Jajaja, y no lo ha hecho señorita.
Dana se quedó confundida.
¿Quien era esa anciana que le había leído el pensamiento?
No, no me mire así, por mucho que piense, no nos conocemos de nada.
Lo había vuelto a hacer.
Si no nos conocemos de nada, ¿como sabe lo que pienso?
Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Y sonrío.
Dana bajó la cabeza como si se volviera a sumergir en la lectura del libro que había comprado hace varios meses, que siempre la acompañaba en sus viajes pero jamás había tenido la oportunidad de leer.
Pero solo veía letras, no era capaz de concentrarse, de reojo miraba a la anciana que tenía a su lado.
La forma de vestir de aquella desconocida era cuidada y elegante, sus manos apoyadas en el regazo, unas manos viejas, llenas de sobresalientes venas que las recorrían y de numerosas manchas testigos cada una de ellas del paso del tiempo.
Su calzado, unos zapatitos de charol rosa envolvían unos delicados pies y unas medias finas recubrían sus enjutas piernas de alambre.
Lucía un traje de falda y chaqueta también rosa y una camisa con encajes en el cuello y en los puños de color blanco, un pañuelo de color marfil rodeaba con elegancia su cuello, intentado realzar sin conseguirlo el contorno de una cara consumida y extremadamente delgada, pómulos pronunciados, nariz afilada sobre unos labios superfinos y llenos de arrugas, pintados en un rosa fucsia intentaban delimitar una linea que los años había borrado.
Los ojos fue lo que más llamaron su atención. Eran de un color azul claro y estriados de gris oscuro, que hacían juego con sus cabellos recogidos en un elegante moño.
Intentó calcular la edad de aquella mujer, ¿80, 82?
Sin dejar de mirar al frente la anciana dijo, 86, esa es mi verdadera edad, entonces esta se volvió y la miró fijamente a los ojos.
Dana sintió un escalofrío que bajaba por su espalda y balbuceando intentó disculparse,
De pronto cerró el libro sonoramente y con un tono de indignación le preguntó a la mujer.
Oiga, lo siento mucho, pero no entiendo como es capaz de saber lo que estoy pensando, me tiene desorientada, confundida y en mi profesión es algo que no pudo permitirme, así que si no le importa cambiaré de asiento, tengo que concentrarme en una reunión muy importante que si este maldito tiempo no lo impide, tendrá lugar esta noche.
Dana se levantó de la silla resuelta a cambiar de asiento cuando se percató de que todos estaban ocupados, los retrasos en los vuelos había acumulado gente de varios destinos en la misma sala.
No creo que sea una buena idea, pasarse de pie el resto de la espera señorita, mejor vuelve a sentarse o perderá su asiento y con el lindo vestido que lleva no creo que quiera sentarse en el suelo.
Dana ya no pudo resistir más, se revolvió en su asiento y se quedó mirando descaradamente a aquella mujer, estaba furiosa pero no pudo recriminarle nada. Durante unos instantes un silencio las envolvió, había algo en aquella mujer que no llegaba a comprender i que la confundía.
De pronto Dana rompió ese silencio incomodo provocado por su asombro.
Hola me llamo Dana ¿Quizás usted ya sabía que me llamaba así? . Dijo con tono sarcástico.
No, no, perdone que antes le importunara con mis comentarios de vieja, pero usted es como un libro abierto para mi.
Margaret Jones este es mi nombre.
Y ambas se estrecharon las manos.
Dana dejó saldada su conversación volviendo a su posición original en aquellos malditos asientos, pero eso duró poco.
¿Puedo hacerle una pregunta?
La anciana asintió con la cabeza
¿Por qué dice que soy como un libro abierto?
Margaret rió dejando ver unos dientes cuidados y espectacularmente blancos impropios de su edad.
Dana nerviosa- ¿No será usted una de esas mujeres que se jactan de leer el futuro?
¿Una agorera?, Nooooo amiga mía, no puedo leer el futuro pero tu vida hasta ahora sí.
Eres una mujer no comprometida que pone su carrera ante todo y todos.
Bien considerada en su empresa, pero no igual que un hombre. Sus logros para que sean percibidos conllevan el triple de esfuerzo que sus compañeros varones.
¿Voy bien encaminada? Y prosiguió.
Deseas ante todo consideración y reconocimiento, pero por mucho que luches por ello, siempre hay un hombre que se lleva la gloria.
Pero eso le ocurre a todas las mujeres en mi mundillo, replico Dana un poco a la defensiva, intentando ser magnánima con ella misma.
Margaret agachó la cabeza y movió un dedo de lado a lado en señal de negación.
Dana abrió la boca para replicar, pero aquella mujer se le adelantó.
¿Crees que podrás seguir durante mucho tiempo este ritmo sin agotar tus fuerzas? ¿Sin quedar abatida física y mentalmente?
En el amor deseas pasar desapercibida.
En el trabajo deseas sobresalir sin conseguirlo.
Irás a fiestas de acompañante de….
Siempre serás una figurante, jamás una diva.
No, dentro de 5 años a lo sumo, serás otra ejecutiva mediocre, llena de miedo a que llegue alguien con más juventud y más aspiraciones, esas mismas aspiraciones que ahora tu tienes y te sustituyan.
Algo que sabes muy bien que ocurrirá.
¿Y entonces que harás?
¿Arrepentirte de tu vida?
¿Buscar un trabajo mediocre con igual sueldo?
¿Y entonces? Preguntó Dana con una sonrisa incrédula.
Puedes cambiar todo eso. Aseguró la anciana.
Puedes hacer que todo lo que toques se convierta en oro. Puedes tocar el cielo.
Pero eso no durará siempre así que tienes que ser previsora y labrarte un futuro a largo plazo.
¿Y como se hace eso? ¿Tiene usted una lámpara mágica o algún artilugio parecido?
Margaret soltó lo que se podría denominar como una risotada que la hizo enrojecer.
Tomo la mano de la muchacha y como quien susurra un secreto le dijo: tengo algo más poderoso, algo que toda mujer quisiera saber y muy pocas conocen y de las que la conocen no todas son capaces de utilizarlo.
¿Y que secreto es ese?
Se hizo una pausa
Dana, sin darse cuenta se había acercado a la cara de aquella mujer como para escrudiñar sus pensamientos más recónditos.
Por fin la respuesta salía de la boca de Margaret:
“Ser mujer”
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