miércoles, 4 de agosto de 2010

Capítulo VII

La mañana prometía, el cielo estaba raso, de un azul intenso, la flora se había puesto sus mejores galas, todo era tan bello…… como en una postal.

Dos golpes secos en la puerta, hicieron que Dana saliera de su trance y volviera a la realidad, se giró nerviosa

-¿Ya está lista?

-Sí, Miss Susan

-Le ruego que en 5 minutos esté en el comedor, gracias.

Antes de que pudiera contestar, escuchó como ésta se alejaba de la puerta con paso firme.

- Dios mío, parece que haya vuelto al instituto - protestó Dana en voz alta.

Se miró al espejo por última vez para comprobar su estado y tomando una gran bocanada de aire, salió resolutiva de la habitación.

Mientras bajaba por las estrechas escaleras, agudizó el oído, intentando escuchar algún murmullo que le mostrara que aquel viejo torreón albergaba a más gente, pero fue inútil, el silencio reinaba y solo sus pasos hacían eco entre aquellas paredes.

Dana pensó: Deben de estar todas en el comedor, como siempre llego tarde.

Al llegar a la primera planta la Miss Susan la esperaba delante de una gran puerta, Dana sabía que era el comedor, no solo porque lo indicaba una pequeño letrero encima de ésta, sino porque ya le había sido mostrado el día anterior.

Dana entró entusiasmada, pero duró una décima de segundo: la estancia estaba vacía.

Dana extrañada le preguntó a Miss Susan:

Pero… ¿Dónde están las demás, mis compañeras?

Miss Susan esbozó algo parecido a una sonrisa.

-Solo estamos usted y yo. No hay más alumnas en este curso.

Dana abrió los ojos desmesuradamente y con voz sarcástica, comentó: Esto va a ser de lo más aburrido, se acabaron la guerra de almohadas, y las noches de pijama.

Miss Susan volvió a endurecer sus facciones.

-No lo creo , no creo que tenga tiempo para aburrirse, como mucho para desesperarse, pero uno de mis trabajos será controlar todos sus sentimientos y este es uno de ellos, el primero, y le aseguro que será el más fácil de llevar.

Siéntese por favor, le será dispuesto el desayuno en unos minutos.

Dana obedeció.

Miss Susan se sentó a su lado e hizo sonar una campanita. Ésta no era plateada ni dorada, era simplemente de cerámica vieja y roída por el tiempo.

Al momento apareció una mujer mayor, descuidadamente vestida y peinada que les sirvió el alimento.

Miss Susan: Termínese todo lo que le han dispensado en el plato, hasta la noche no volverá a probar absolutamente nada más.

Tiene que acostumbrarse a que la comida no es importante y que muchas de ellas a lo largo de su vida las tendrá que eliminar o posponer por muchas horas.

Esto es un suplicio - replicó Dana.

Miss Susan: Nadie le ha dicho que el camino que ha tomado sea fácil.

Y ahora que ya ha terminado iniciaremos su instrucción.

Dana: Esto parece el servicio militar -. susurró para no ser oída.

Peor - contestó Miss Susan mientras que se dirigía a la puerta del comedor -Le advierto que yo sé todo, escucho todo, incluso sé lo que piensa y lo que siente, yo pasé por lo mismo que usted debe pasar ahora.

Dana siguió cual perrito faldero a Susan por unas escaleras que las llevarían al piso inferior, el subterráneo.

A medida que bajaban las escaleras, el olor a humedad y la frialdad del ambiente aumentaba considerablemente haciéndose cada vez más pesado.

A Dana le dio la sensación de que en aquel piso estaban ubicadas en tiempos pasados las mazmorras o algo semejante.

Dana se planteó el dejar todo ahora que estaba a tiempo, pues en uno de los párrafos que ella había firmado, dejaba bien claro que durante las primeras 24 horas y antes de ser iniciado su adiestramiento podía rescindir el contrato, una vez iniciada la primera clase ya no había marcha atrás.

Miss Susan: Desnúdate Dana.

¿Cómo dice? - Contesto atónita ésta.

Miss Susan: Mira niña, segunda lección, nunca repliques mis ordenes y tercera, desde éste preciso momento no volverás a hablar con nadie hasta nueva orden.

Dana no se atrevió a replicar de nuevo, al ver la cara de enojo de su profesora.

Sus ojos no mostraban señal de compadecimiento, en realidad estos eran inertes, fríos y desafiantes.

Dana Se quitó toda la ropa, pero la mantuvo doblada y pegada a su cuerpo intentando tapar todo aquello que debía ser ocultado, miró a Miss Susan con los ojos llorosos, se sentía ultrajada.

Miss Susan: Voy a hacerte una pregunta, quiero que me contestes negando o afirmando con la cabeza, no quiero que tu garganta emita ningún sonido.

¿Alguna vez te has mirado desnuda en el espejo?

Dana asintió.

Miss Susan: Bien, ¿Te has mirado desde todos los ángulos?.

Dana la miró pero esta vez ni negó ni afirmó, en realidad no sabía que contestar.

Lo imaginaba, no te gustas. Tu cuerpo - empezó diciendo-, te conformas con él porque no tienes elección, es el que te ha tocado y te autoconvences de que solo es un envase, algo sin importancia.

Pues de eso se trata. Amarás tu cuerpo y harás de él tu santuario. Será perfecto, admirado, deseado para los que lo vean y para aquellos que esté vetado y simplemente lo imaginen, todos quedarán prendados de tu hermosura, luego en clases posteriores desarrollaremos tu potencial, tus movimientos, tu cuerpo será el alfabeto de tu persona.

Y, ahora, entra en la habitación.

Miss Susan, literalmente le arrancó la ropa que Dana asía fuertemente pegada a su cuerpo.

Dana entró.

La sala estaba oscura, el suelo frío, de pronto todo se iluminó, ésta quedó cegada por la claridad, cuando sus ojos se acostumbraron comprobó que toda la sala eran espejos, las paredes, el techo y el suelo.

Una mampara de espejo ocultaba un pequeño lavabo y en medio de la sala una botella de plástico de agua.

Horrorizada se dio la vuelta violentamente buscando la puerta, pero no la encontró, ningún indicio todo eran paneles idénticos.

Gritó con todas sus fuerzas, implorando la sacaran de allí, pero fue inútil, sus lamentos eran ahogados por el mismo habitáculo.

Ella continuó gritando y aporreando con sus manos cada panel, cada rincón hasta que sus manos doloridas no tuvieron fuerzas y su voz simplemente se apagó.

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