¿Supongo que usted es Dana?
Dana se levantó de golpe de la silla.
¿Y supongo que tu eres Susan?, preguntó ésta desenfadadamente
Sí, soy Miss Susan y no tengo por costumbre que me tuteen.
Dana enrojeció
Lo siento mucho yo pensé…..
No piense por favor, ya habrá tiempo para ello, pero hoy no. Le ruego que me acompañe, le mostraré su habitación.
Por supuesto, afirmó Dana
Miss Susan tenía el aspecto de haber sido una mujer extremadamente atractiva, aparentaba tener cuarenta y pocos, pero Dana estaba segura de que ese número lo superaba con creces. Sus cabellos dorados, descansaban justo en el hombro, sus facciones finas, sus ojos celestes pintados con gran destreza y su figura fina con movimientos cuidados, hacían que fuera la mujer que llamaría la atención en cualquier lugar.
Ambas caminaron unos minutos por varios pasillos, cruzaron varias estancias y al final de una escalera estrecha llegaron al segundo piso. Una pequeña puerta de madera fue abierta por Miss Susan, con las llaves que colgaban de su cintura prendidas con una cadena de oro cual singular abalorio.
Esta puerta que cierro tras de usted, jamás será cruzada sin permiso. Esta es la primera regla que debe comprender y cumplir. ¿Entiende usted?
Por supuesto Miss Susan.
Muy bien ahora le mostraré cuales son mis dominios y en los cuales la haré una verdadera mujer.
Miss Susan fue mostrando a Dana cada habitación,
El comedor, los servicios, varias salas de enseñanza, puertas que no abrió pues no era el momento apropiado y por fin su habitación.
Una habitación amplia, con todas las comodidades pero sin ningún tipo de tecnología.
No había teléfono, ni computadora ni siquiera una pequeña televisión o equipo de música.
Esto se lo hizo notar a su instructora la cual respondió: El dormitorio es para dormir, nada más y le rogaría me entregara su teléfono móvil, no se permiten en este curso.
Dana se lo entregó y pensó que Susan era tan estupida como guapa, pero no replicó.
Es tarde le subirán la cena a la estancia, debe dormir para mañana estar despejada, será su primer día y la necesito descansada y atenta. Buenas noches Dana.
Buenas noches Miss Susan.
Dana escuchó como tras cerrar la puerta los pasos de Miss Susan se hacían cada vez más lejanos hasta que enmudecieron.
Lo primero que hizo nuestra protagonista fue asomarse por el ventanal de su habitación.
La lluvia fina continuaba cayendo lenta y paulatinamente, pero eso no impidió que la abriera para contemplar todo el esplendor de aquel paraje.
Se asomó todo lo que pudo por ella y comprobó que su habitación estaba ubicada en uno de los torreones, en el del norte, pero de tal manera dispuesto que solo podía ver una parte recóndita del jardín poblada de espesa vegetación y con grandes cedros que ocultaban lo que ocurría bajo ellos.
No importaba, ella se había comprometido con demasiada gente a cumplir en un año lo que no había logrado en el resto de su vida.
miércoles, 28 de julio de 2010
viernes, 23 de julio de 2010
Capítulo V
Mi querida Dana, me alegro de que ya estés aquí.
Dana se dio la vuelta rápidamente
Mi querida amiga, te estábamos esperando, pero siéntate al lado del fuego niña, tienes la cara blanca cual mármol, debes estar helada.
Dana sonrió y asintió con la cabeza, tenía miedo de abrir la boca para que no se oyeran sus dientes castañear.
Se sentaron las dos mujeres y la anciana mujer hizo sonar una campanita de plata que estaba sobre la mesa, al momento la mujer de negro apareció por la puerta.
¿Llamaba la señora?
Si Jenny, ¿puedes traernos una taza de té acompañada de pastas de hojaldre?
Si, señora.
Bueno Dana, y dime ¿qué te parece mi casa?
Impresionante, no podía imaginar algo así.
Si es mi gran tesoro, aunque este tiempo no le hace justicia, deberías verla en verano, bueno, que digo claro que la verás –sonrió-, o por lo menos es lo que espero. Querida niña supongo que tendrás muchas preguntas que hacerme, pero todo a su tiempo, un paso después del otro. La verdad es que no me extrañó que me llamaras. Cuando te vi por primera vez en el aeropuerto, supe que necesitabas mi ayuda. Y no me equivocaba.
La puerta de la estancia se abrió.
Gracias Jenny puedes dejar la bandeja, yo misma lo serviré. Dana ¿lo tomarás con leche?
No gracias solo está bien.
¿Azúcar, querida?
Un terrón, gracias.
Dana no habló como le dijo su anfitriona, pero en realidad quería bombardearla a preguntas.
Ni siquiera ella sabía porqué estaba allí. Debía de ser por un impulso de rabia por su derrota financiera.
Mrs Jones continuó hablando:
Pues como te decía mi querida amiga, aquí no solo te vas a encontrar contigo misma, que lo harás –contundente-, aquí serás instruida en el arte de ser mujer y sacar partido a todo lo que conlleva nuestro género. Te demostraremos que se gana más con la miel que con la hiel y que se mujer no es sinónimo de fracaso, sino todo lo contrario.
Dana se dispuso a hablar aprovechando que la anciana tomaba un sorbo de té, pero está al percatarse de la intención, levantó la mano que no sostenía la taza, a la vez que emitía un sonido de negativa con la boca.
Querida las preguntas después. Primero debes escucharme muy atentamente pues todo lo que voy a explicarte es el contrato que más tarde deberás firmar si aceptas el compromiso.
Bien continuemos, ¿por dónde iba? Ahhh, si, si. Dana, si después de nuestra conversación aceptas el reto de quedarte, te presentaré a la que será tu tutora, Miss Susan. Como bien sabes, esto es una institución para señoritas, pero tú no te mezclarás con ellas, pues a estas solo les enseñamos a mantener un comportamiento digno y correcto por encargo de sus padres.
Pero tu estarás en la ala oeste, y tus enseñanzas serán completamente diferentes.
Aquí aprenderás a valerte por ti misma, siendo siempre una ganadora.
No pienses que será fácil, no creas que esto serán unas vacaciones, aquí aprenderás a fuerza de sacrificio, control y sumisión lo que has venido a aprender.
¿Serás capaz de aguantar hasta el final?
La anciana tomó la taza de té y moviendo la mano circularmente, reclamaba una contestación.
Creo que sí -contestó Dana-. Creo que podré aguantar.
No querida, esta no es la contestación, necesito una afirmación contundente, de otra forma estamos perdiendo el tiempo las dos.
Antes quisiera hacer algunas preguntas.
Pues hazlas Dana, ¿a qué estás esperando?
¿Cuánto tiempo estaré aquí?
Eso depende de tu predisposición y tu respuesta a las enseñanzas que se te darán.
¿Seré una triunfadora si acepto incondicionalmente su proposición?
Sí, eso te lo aseguro.
¿Cambiará mi vida a mejor?
Depende de tu firmeza.
Dana , volvió la cabeza hacia la ventana como si en ella pudiera encontrar la fuerza de su decisión, fuerza que ella carecía.
De acuerdo, acepto, si, mi respuesta es sí.
Dana no había sacado nada en claro de aquella conversación, pero se había comprometido a ser una triunfadora y lo cumpliría.
Muy bien querida.
Mrs Jones se acercó a su escritorio y saco un documento del segundo cajón.
Acércate Dana. Debes firmar este papel, en el te comprometes hasta el final y además una vez que triunfes, deberás abonar a esta institución un donativo de 6000 libras anuales, incrementando el tanto por ciento del incremento de precios.
Dana abrió los ojos tanto que pareció le fueran a saltar de las órbitas.
¡Dios santo es una cantidad muy elevada!.
Mrs Jones rió.
Te aseguro niña que esto será una minucia.
Dana tomó el boligrafo y firmó.
Perfecto, querida. Ahora toma asiento y termina tu té - le indicó mientras se dirigia hacia la puerta-. Miss Susan vendrá en unos minutos para mostrarte tu alojamiento.
Dana se dio la vuelta rápidamente
Mi querida amiga, te estábamos esperando, pero siéntate al lado del fuego niña, tienes la cara blanca cual mármol, debes estar helada.
Dana sonrió y asintió con la cabeza, tenía miedo de abrir la boca para que no se oyeran sus dientes castañear.
Se sentaron las dos mujeres y la anciana mujer hizo sonar una campanita de plata que estaba sobre la mesa, al momento la mujer de negro apareció por la puerta.
¿Llamaba la señora?
Si Jenny, ¿puedes traernos una taza de té acompañada de pastas de hojaldre?
Si, señora.
Bueno Dana, y dime ¿qué te parece mi casa?
Impresionante, no podía imaginar algo así.
Si es mi gran tesoro, aunque este tiempo no le hace justicia, deberías verla en verano, bueno, que digo claro que la verás –sonrió-, o por lo menos es lo que espero. Querida niña supongo que tendrás muchas preguntas que hacerme, pero todo a su tiempo, un paso después del otro. La verdad es que no me extrañó que me llamaras. Cuando te vi por primera vez en el aeropuerto, supe que necesitabas mi ayuda. Y no me equivocaba.
La puerta de la estancia se abrió.
Gracias Jenny puedes dejar la bandeja, yo misma lo serviré. Dana ¿lo tomarás con leche?
No gracias solo está bien.
¿Azúcar, querida?
Un terrón, gracias.
Dana no habló como le dijo su anfitriona, pero en realidad quería bombardearla a preguntas.
Ni siquiera ella sabía porqué estaba allí. Debía de ser por un impulso de rabia por su derrota financiera.
Mrs Jones continuó hablando:
Pues como te decía mi querida amiga, aquí no solo te vas a encontrar contigo misma, que lo harás –contundente-, aquí serás instruida en el arte de ser mujer y sacar partido a todo lo que conlleva nuestro género. Te demostraremos que se gana más con la miel que con la hiel y que se mujer no es sinónimo de fracaso, sino todo lo contrario.
Dana se dispuso a hablar aprovechando que la anciana tomaba un sorbo de té, pero está al percatarse de la intención, levantó la mano que no sostenía la taza, a la vez que emitía un sonido de negativa con la boca.
Querida las preguntas después. Primero debes escucharme muy atentamente pues todo lo que voy a explicarte es el contrato que más tarde deberás firmar si aceptas el compromiso.
Bien continuemos, ¿por dónde iba? Ahhh, si, si. Dana, si después de nuestra conversación aceptas el reto de quedarte, te presentaré a la que será tu tutora, Miss Susan. Como bien sabes, esto es una institución para señoritas, pero tú no te mezclarás con ellas, pues a estas solo les enseñamos a mantener un comportamiento digno y correcto por encargo de sus padres.
Pero tu estarás en la ala oeste, y tus enseñanzas serán completamente diferentes.
Aquí aprenderás a valerte por ti misma, siendo siempre una ganadora.
No pienses que será fácil, no creas que esto serán unas vacaciones, aquí aprenderás a fuerza de sacrificio, control y sumisión lo que has venido a aprender.
¿Serás capaz de aguantar hasta el final?
La anciana tomó la taza de té y moviendo la mano circularmente, reclamaba una contestación.
Creo que sí -contestó Dana-. Creo que podré aguantar.
No querida, esta no es la contestación, necesito una afirmación contundente, de otra forma estamos perdiendo el tiempo las dos.
Antes quisiera hacer algunas preguntas.
Pues hazlas Dana, ¿a qué estás esperando?
¿Cuánto tiempo estaré aquí?
Eso depende de tu predisposición y tu respuesta a las enseñanzas que se te darán.
¿Seré una triunfadora si acepto incondicionalmente su proposición?
Sí, eso te lo aseguro.
¿Cambiará mi vida a mejor?
Depende de tu firmeza.
Dana , volvió la cabeza hacia la ventana como si en ella pudiera encontrar la fuerza de su decisión, fuerza que ella carecía.
De acuerdo, acepto, si, mi respuesta es sí.
Dana no había sacado nada en claro de aquella conversación, pero se había comprometido a ser una triunfadora y lo cumpliría.
Muy bien querida.
Mrs Jones se acercó a su escritorio y saco un documento del segundo cajón.
Acércate Dana. Debes firmar este papel, en el te comprometes hasta el final y además una vez que triunfes, deberás abonar a esta institución un donativo de 6000 libras anuales, incrementando el tanto por ciento del incremento de precios.
Dana abrió los ojos tanto que pareció le fueran a saltar de las órbitas.
¡Dios santo es una cantidad muy elevada!.
Mrs Jones rió.
Te aseguro niña que esto será una minucia.
Dana tomó el boligrafo y firmó.
Perfecto, querida. Ahora toma asiento y termina tu té - le indicó mientras se dirigia hacia la puerta-. Miss Susan vendrá en unos minutos para mostrarte tu alojamiento.
domingo, 18 de julio de 2010
Capítulo IV
El taxi paró delante de la puerta de una gran mansión de piedra del siglo XVIII.
Dana bajo del vehículo después de abonar la carrera que la había traído desde el aeropuerto de East Midlands.
Se encontraba en algún lugar remoto del condado de Nottinghamshire, sin ningún núcleo de civilización cercano.
El taxi se alejo y Dana se quedó sola, mirando la gran puerta de hierro forjado con lindos motivos que rompían la frialdad del metal y que franqueaban el acceso a un camino que parecía llevar al paraíso.
Dana se subió el cuello de su abrigo, hacía frío y finas gotas de agua caían del cielo plomizo, color típico de éste en casi todas las épocas del año.
Un ruido estridente asustó a la muchacha, era la pesada puerta al abrirse lentamente.
La muchacha tomo su maleta y entró admirando la vegetación del jardín y de los exuberantes cedros que delimitaban el castillo, cual nobles guerreros alzando sus espadas al cielo.
Ella siempre se había movido por grandes ciudades, no era muy amante de lo rural, pero aquello le parecía un sueño.
Llego al pie de la mansión, la grandiosidad de aquella construcción la dejó sin aliento.
Los muros de envejecida piedra y adornados de hiedra que se aferraba a ellos dando una sensación de aun más seguridad, las torres desafiantes a ambos lados del edificio, los ventanales, el invernadero adjunto que daba un toque de modernidad.
¿La Srta. Llorach, supongo?
Dana no se había percatado de que la gran puerta de madera se había abierto y que de ella había salido una mujer vestida totalmente de negro.
Si, si, soy yo, discúlpeme.
Si quiere hacer el favor?
Dió la vuelta caminando lentamente hacia la casa y Dana la siguió.
Ya en el interior se dio cuenta de que todos los detalles de aquella casa eran los acordes con la impresión de sobriedad que se quería dar de ella, alfombras de color beige con dibujos en rojo ingles, los muebles antiguos de madera oscura e impecablemente limpios y abrillantados, candelabros de plata pulidos que semejaban espejos, cuadros de diferentes mujeres con caras serías excepto uno, el de una mujer rolliza que esbozaba una sonrisa picaresca.
¿Quiere hacer el favor de esperar en el despacho?, el ama no tardará en recibirla.
¿Me permite recoger su abrigo y su maleta?
Dana se los entregó agradecida y entró en la sala.
Dios era impresionante.
Era una habitación oval, con grandes ventanales en un tercio de ella, en el otro montones de libros en dos pisos y cuidadosamente colocados, una escalera de madera con ruedas facilitaba el acceso a los estantes superiores, al lado de los ventanales una mesa de roble en forma de media luna, con todos los detalles habituales de un despacho de primeros de siglo XX.
En la parte izquierda dos sillones acolchados en color verde oscuro con una mesa redonda entre ellos y delante de una gran chimenea encendida.
Dana estaba absorta por tanto detalle cuando escuchó a sus espaldas una voz que conocía muy bien, la voz de Mrs. Jones.
Dana bajo del vehículo después de abonar la carrera que la había traído desde el aeropuerto de East Midlands.
Se encontraba en algún lugar remoto del condado de Nottinghamshire, sin ningún núcleo de civilización cercano.
El taxi se alejo y Dana se quedó sola, mirando la gran puerta de hierro forjado con lindos motivos que rompían la frialdad del metal y que franqueaban el acceso a un camino que parecía llevar al paraíso.
Dana se subió el cuello de su abrigo, hacía frío y finas gotas de agua caían del cielo plomizo, color típico de éste en casi todas las épocas del año.
Un ruido estridente asustó a la muchacha, era la pesada puerta al abrirse lentamente.
La muchacha tomo su maleta y entró admirando la vegetación del jardín y de los exuberantes cedros que delimitaban el castillo, cual nobles guerreros alzando sus espadas al cielo.
Ella siempre se había movido por grandes ciudades, no era muy amante de lo rural, pero aquello le parecía un sueño.
Llego al pie de la mansión, la grandiosidad de aquella construcción la dejó sin aliento.
Los muros de envejecida piedra y adornados de hiedra que se aferraba a ellos dando una sensación de aun más seguridad, las torres desafiantes a ambos lados del edificio, los ventanales, el invernadero adjunto que daba un toque de modernidad.
¿La Srta. Llorach, supongo?
Dana no se había percatado de que la gran puerta de madera se había abierto y que de ella había salido una mujer vestida totalmente de negro.
Si, si, soy yo, discúlpeme.
Si quiere hacer el favor?
Dió la vuelta caminando lentamente hacia la casa y Dana la siguió.
Ya en el interior se dio cuenta de que todos los detalles de aquella casa eran los acordes con la impresión de sobriedad que se quería dar de ella, alfombras de color beige con dibujos en rojo ingles, los muebles antiguos de madera oscura e impecablemente limpios y abrillantados, candelabros de plata pulidos que semejaban espejos, cuadros de diferentes mujeres con caras serías excepto uno, el de una mujer rolliza que esbozaba una sonrisa picaresca.
¿Quiere hacer el favor de esperar en el despacho?, el ama no tardará en recibirla.
¿Me permite recoger su abrigo y su maleta?
Dana se los entregó agradecida y entró en la sala.
Dios era impresionante.
Era una habitación oval, con grandes ventanales en un tercio de ella, en el otro montones de libros en dos pisos y cuidadosamente colocados, una escalera de madera con ruedas facilitaba el acceso a los estantes superiores, al lado de los ventanales una mesa de roble en forma de media luna, con todos los detalles habituales de un despacho de primeros de siglo XX.
En la parte izquierda dos sillones acolchados en color verde oscuro con una mesa redonda entre ellos y delante de una gran chimenea encendida.
Dana estaba absorta por tanto detalle cuando escuchó a sus espaldas una voz que conocía muy bien, la voz de Mrs. Jones.
jueves, 8 de julio de 2010
Capítulo III
Dana se levantó de la cama llena de vitalidad, estaba feliz, sus compañeros se rendirían a sus pies, había conseguido una cuenta lo suficientemente jugosa para provocar toda clase de envidias.
Se duchó y se vistió para tomar el avión de regreso a Barcelona, pero antes debía ponerse en contacto con Mr. Morrison, tal como le había indicado Mr. Smith la noche anterior.
Esperó que fueran las 9 de la mañana para hacer la llamada, no quería parecer demasiado ansiosa, así que bajo a desayunar para hacer tiempo.
A las nueve menos 10 minutos se apresuró a llegar de nuevo a la habitación y hacer la llamada.
Buenos días soy la Srta. Llorach, puede pasarme con Mr. Morrison, está esperando mi llamada.
Un momento por favor.
Pasaron algunos segundos, pero para Dana fueron una eternidad, hasta que una voz ronca se puso al teléfono.
Srta. Llorach? Preguntó.
Sí soy yo, Mr. Smith me dijo que me pusiera en contacto con usted.
Si, si, si. Ya he hablado con él a primera hora de la mañana, y me ha encargado de su parte que lo disculpara, lo ha estado pensado mejor y ha decidido que es mucho más conveniente para la empresa gestionar sus cuentas con la entidad bancaria que representaba el Sr. Martínez.
¿Cómo? . Exclamó atónita Dana. ¡Pero el cerró el trato conmigo ayer!.
Lo siento mucho Srta. Llorach, pero no está en mi mano, es algo del Director. Igualmente los tendremos en cuenta para un futuro. Lo lamento mucho. Buenos días.
Dana se quedó con el teléfono en la mano, había colgado y sus sueños se habían desvanecido, rotos en mil pedazos.
Dana llego a la entidad bancaria donde prestaba sus servicios vestida igual que siempre, pero con una gran diferencia, sus ojos reflejaban el fracaso. Nunca le habían encargado un asunto tan relevante y había fallado, era una perdedora, jamás sería igual que sus colegas, jamás llegaría a nada.
Dirigió sus pasos hacia la sala oval, que en realidad era cuadrada, pero la denominaban así porque allí se forjaba los grandes negocios y el futuro de todos.
Se sentó en uno de los cómodos sillones que rodeaban la mesa, que ésta si era oval.
Sitúo los papeles encima de la mesa sin mediar palabra con nadie y los revisó una y otra vez como si en ellos se encontrará el secreto de su fracaso. Pasado unos minutos y cuando todos estaban ubicados en sus respectivos asientos, llegó el Director y la reunión tuvo inicio.
Todos los presentes debían dar cuenta de sus actuaciones en los negocios que la entidad que les habían encomendado. Uno a uno fueron dando sus informes, todos eran buenos en mayor o menor medida, solo un fracaso y éste era el de Dana.
Dígame Srta. Llorach, ¿como fue todo con nuestro rey de la tecnología?
El Presidente había dibujado una mueca en su rostro algo cómica.
Todos se volvieron a mirarla. Dana no podía respirar un nudo en su garganta se lo impedía, el corazón se le había acelerado tanto que pensaba que estaba padeciendo un infarto, pero en realidad era pánico.
Lo siento mucho Sr. Presidente, dijo con un hilo de voz.
Disculpe señorita, hable más fuerte no la he oído.
Dana carraspeó y con voz algo más decidida dijo:
Mr. Smith cerró el negocio con nuestra entidad, después de cenar, pero al día siguiente, cuando hablé con su asesor, le habían pasado la gestión de sus empresas a otra entidad.
Dana movió la cabeza de lado a lado y apretó sus sudadas manos.
No, no lo entiendo, era mio y….
El Presidente borró la mueca de su cara, volviendo esta a un rostro duro e inexpresivo.
Cuando la reunión concluyó todos se dirigieron a la puerta de salida, pero Dana no fue capaz de levantarse de su asiento, estaba convencida de que sus piernas no la sostendría.
¿Qué ocurrió Dana?
La muchacha se sobresaltó, no se había percatado que el Director se había quedado en la sala mirándola.
Contestó abatida: No lo sé, le he dado mil vueltas y no sé en que pude fallar y cuando.
Averigua quien se ha quedado con el cliente y que hizo para conseguirlo. Dentro de una hora nos reuniremos en mi despacho y quiero esta incógnita desvelada, por tu bien y por el mío.
Dana se fue directa a su despacho, por el pasillo se oían susurros de sus compañeros, risitas, alguna voz de ánimo hipócrita…..
Cuando llegó, le dijo a su secretaria que no la molestara nadie.
Tomó el teléfono y llamo a la central de la entidad bancaria donde trabajaba quien le había robado la oportunidad de su vida.
Después de media hora hablando por teléfono en tono acalorado, Dana colgó este con un golpe brusco.
Maldito bastardo.
Se levantó y se dirigió al despacho del Director.
Después de ser anunciada , entró.
¿Ya ha desvelado la incógnita? Srta. Llorach
Sí. Su afirmación fue rotunda y seca ya no estaba asustada ahora estaba indignada.
¿Y pues?
El muy canalla, cuando me dirigía al hotel Martínez aprovechó para llevarse al Mr. Smith a un bar de copas, en esos bares que las mujeres no entran, las únicas que hay son de alquiler.
Entiendo siga, por favor.
Le hizo que bebiera hasta la saciedad le pago las señorita que le pareció bien y por ese motivo solo por ese motivo rompió el acuerdo conmigo.
El presidente dio un suspiro mientras se agarraba la barbilla i arrugaba el ceño.
Me equivoqué, usted no tiene la culpa señorita. La culpa es mía nunca debí elegirla a usted para este asunto. Martínez es un perro viejo, y sabe muy bien lo que le gusta a sus victimas.
Dana abrió la boca cual marioneta, no podía creer lo que estaba escuchando.
¿Que quiere decir?, ¿que las mujeres no podemos cerrar negocios porque no llevamos de putas a los clientes?
Bueno es una manera brusca de decirlo, pero es la realidad, usted no puede llegar a ciertos lugares…..
Dana dio una palmada en la mesa del Presidente sin dejar que este acabara de hablar.
Se había acordado lo que aquella mujer le había dicho en el aeropuerto.
¿Sabe qué?, ¿sabe qué?, moviéndose nerviosa por el lateral de la mesa.
Es injusto. Yo trabajo más que nadie en esta entidad, me dejo la vida, y ¿Qué consigo?
Que un pedazo de cabrón me deje en ridículo delante de usted, porque soy mujer.
Eso se ha terminado ¿sabe?. Usted conoce a mi familia, me conoce a mí desde que era pequeña, le voy a pedir un gran favor.
El presidente que no había abierto la boca, por la explosión impropia con el carácter de Dana, simplemente asintió con la cabeza.
Un año, quiero que de me un año y le juro que esto cambiará, seré su mejor empleado y el que más logros alcance.
¿Seguro Dana?, alcanzó a decir el presidente.
Seguro contestó ésta con los ojos llenos de ira.
Está bien un año. Te guardaré tu plaza un año. Después ya me demostrarás lo que puedes hacer.
Dana, inspiró profundamente, y le dio las gracias, se dirigió erguida a la puerta de salida y en ella se dio la vuelta y repitió antes de cerrarla tras ella “ un maldito año”-
Se duchó y se vistió para tomar el avión de regreso a Barcelona, pero antes debía ponerse en contacto con Mr. Morrison, tal como le había indicado Mr. Smith la noche anterior.
Esperó que fueran las 9 de la mañana para hacer la llamada, no quería parecer demasiado ansiosa, así que bajo a desayunar para hacer tiempo.
A las nueve menos 10 minutos se apresuró a llegar de nuevo a la habitación y hacer la llamada.
Buenos días soy la Srta. Llorach, puede pasarme con Mr. Morrison, está esperando mi llamada.
Un momento por favor.
Pasaron algunos segundos, pero para Dana fueron una eternidad, hasta que una voz ronca se puso al teléfono.
Srta. Llorach? Preguntó.
Sí soy yo, Mr. Smith me dijo que me pusiera en contacto con usted.
Si, si, si. Ya he hablado con él a primera hora de la mañana, y me ha encargado de su parte que lo disculpara, lo ha estado pensado mejor y ha decidido que es mucho más conveniente para la empresa gestionar sus cuentas con la entidad bancaria que representaba el Sr. Martínez.
¿Cómo? . Exclamó atónita Dana. ¡Pero el cerró el trato conmigo ayer!.
Lo siento mucho Srta. Llorach, pero no está en mi mano, es algo del Director. Igualmente los tendremos en cuenta para un futuro. Lo lamento mucho. Buenos días.
Dana se quedó con el teléfono en la mano, había colgado y sus sueños se habían desvanecido, rotos en mil pedazos.
Dana llego a la entidad bancaria donde prestaba sus servicios vestida igual que siempre, pero con una gran diferencia, sus ojos reflejaban el fracaso. Nunca le habían encargado un asunto tan relevante y había fallado, era una perdedora, jamás sería igual que sus colegas, jamás llegaría a nada.
Dirigió sus pasos hacia la sala oval, que en realidad era cuadrada, pero la denominaban así porque allí se forjaba los grandes negocios y el futuro de todos.
Se sentó en uno de los cómodos sillones que rodeaban la mesa, que ésta si era oval.
Sitúo los papeles encima de la mesa sin mediar palabra con nadie y los revisó una y otra vez como si en ellos se encontrará el secreto de su fracaso. Pasado unos minutos y cuando todos estaban ubicados en sus respectivos asientos, llegó el Director y la reunión tuvo inicio.
Todos los presentes debían dar cuenta de sus actuaciones en los negocios que la entidad que les habían encomendado. Uno a uno fueron dando sus informes, todos eran buenos en mayor o menor medida, solo un fracaso y éste era el de Dana.
Dígame Srta. Llorach, ¿como fue todo con nuestro rey de la tecnología?
El Presidente había dibujado una mueca en su rostro algo cómica.
Todos se volvieron a mirarla. Dana no podía respirar un nudo en su garganta se lo impedía, el corazón se le había acelerado tanto que pensaba que estaba padeciendo un infarto, pero en realidad era pánico.
Lo siento mucho Sr. Presidente, dijo con un hilo de voz.
Disculpe señorita, hable más fuerte no la he oído.
Dana carraspeó y con voz algo más decidida dijo:
Mr. Smith cerró el negocio con nuestra entidad, después de cenar, pero al día siguiente, cuando hablé con su asesor, le habían pasado la gestión de sus empresas a otra entidad.
Dana movió la cabeza de lado a lado y apretó sus sudadas manos.
No, no lo entiendo, era mio y….
El Presidente borró la mueca de su cara, volviendo esta a un rostro duro e inexpresivo.
Cuando la reunión concluyó todos se dirigieron a la puerta de salida, pero Dana no fue capaz de levantarse de su asiento, estaba convencida de que sus piernas no la sostendría.
¿Qué ocurrió Dana?
La muchacha se sobresaltó, no se había percatado que el Director se había quedado en la sala mirándola.
Contestó abatida: No lo sé, le he dado mil vueltas y no sé en que pude fallar y cuando.
Averigua quien se ha quedado con el cliente y que hizo para conseguirlo. Dentro de una hora nos reuniremos en mi despacho y quiero esta incógnita desvelada, por tu bien y por el mío.
Dana se fue directa a su despacho, por el pasillo se oían susurros de sus compañeros, risitas, alguna voz de ánimo hipócrita…..
Cuando llegó, le dijo a su secretaria que no la molestara nadie.
Tomó el teléfono y llamo a la central de la entidad bancaria donde trabajaba quien le había robado la oportunidad de su vida.
Después de media hora hablando por teléfono en tono acalorado, Dana colgó este con un golpe brusco.
Maldito bastardo.
Se levantó y se dirigió al despacho del Director.
Después de ser anunciada , entró.
¿Ya ha desvelado la incógnita? Srta. Llorach
Sí. Su afirmación fue rotunda y seca ya no estaba asustada ahora estaba indignada.
¿Y pues?
El muy canalla, cuando me dirigía al hotel Martínez aprovechó para llevarse al Mr. Smith a un bar de copas, en esos bares que las mujeres no entran, las únicas que hay son de alquiler.
Entiendo siga, por favor.
Le hizo que bebiera hasta la saciedad le pago las señorita que le pareció bien y por ese motivo solo por ese motivo rompió el acuerdo conmigo.
El presidente dio un suspiro mientras se agarraba la barbilla i arrugaba el ceño.
Me equivoqué, usted no tiene la culpa señorita. La culpa es mía nunca debí elegirla a usted para este asunto. Martínez es un perro viejo, y sabe muy bien lo que le gusta a sus victimas.
Dana abrió la boca cual marioneta, no podía creer lo que estaba escuchando.
¿Que quiere decir?, ¿que las mujeres no podemos cerrar negocios porque no llevamos de putas a los clientes?
Bueno es una manera brusca de decirlo, pero es la realidad, usted no puede llegar a ciertos lugares…..
Dana dio una palmada en la mesa del Presidente sin dejar que este acabara de hablar.
Se había acordado lo que aquella mujer le había dicho en el aeropuerto.
¿Sabe qué?, ¿sabe qué?, moviéndose nerviosa por el lateral de la mesa.
Es injusto. Yo trabajo más que nadie en esta entidad, me dejo la vida, y ¿Qué consigo?
Que un pedazo de cabrón me deje en ridículo delante de usted, porque soy mujer.
Eso se ha terminado ¿sabe?. Usted conoce a mi familia, me conoce a mí desde que era pequeña, le voy a pedir un gran favor.
El presidente que no había abierto la boca, por la explosión impropia con el carácter de Dana, simplemente asintió con la cabeza.
Un año, quiero que de me un año y le juro que esto cambiará, seré su mejor empleado y el que más logros alcance.
¿Seguro Dana?, alcanzó a decir el presidente.
Seguro contestó ésta con los ojos llenos de ira.
Está bien un año. Te guardaré tu plaza un año. Después ya me demostrarás lo que puedes hacer.
Dana, inspiró profundamente, y le dio las gracias, se dirigió erguida a la puerta de salida y en ella se dio la vuelta y repitió antes de cerrarla tras ella “ un maldito año”-
lunes, 5 de julio de 2010
Capítulo II
Dana vestía un traje de chaqueta de falda y americana azul, camisa blanca, zapatos negros con un tacón mínimo, el pelo recogido en un moño y discretamente maquillada.
Ella no tardaba mucho en arreglarse, aunque fuera a una reunión importante, pensaba que era una tontería querer parecer algo que no era y siempre había detestado. Tenía en mente a Albert Einstein, el tenía varios trajes todos iguales, del mismo color e igual ocurría con el resto de su indumentaria, el siempre decía que era una perdida de tiempo elegir lo que uno se va a poner “un genio como él debía estar en lo cierto”.
Antes de bajar del taxi que le había llevado a la puerta del restaurante donde tendría lugar la reunión, Dana se apresuró a pintarse los labios, era el último toque para parecer perfecta. Una vez dentro del recinto se dirigió a la mesa que el Maître le señaló, allí se encontró con cinco caballeros, con los que debería discutir sobre un negocio que la podría llevar a la gloria delante de sus superiores y colegas. Resuelta llegó a la mesa y saludó a los allí presentes en inglés, por supuesto. Dana dominaba este idioma como si fuera su lengua materna, no puedes ser alguien en el mundo empresarial sin el.
Después de las presentaciones, se sentó, un caballero de pelo cano hizo una señal al Maître y este anotó lo que todos habían elegido previamente.
¿De qué hablaban caballeros?
El hombre que estaba sentado a la izquierda de Dana rió, mientras le respondia: De nada que le interese señorita Llorach (pues es el apellido de Dana) simplemente de futbol, no creo que a usted le guste este tema.
Dana forzó una sonrisa. ¿Quién era aquel imbécil para dejarla en evidencia nada más iniciar la velada?
Poco a poco y mientras el tiempo transcurría, todos se fueron relajando.
Dana quería iniciar una conversación en torno al asunto que la había llevado allí, pero todos sabían que no podían, tenían que ser pacientes y esperar a los cafés. Esas eran las normas y bajo ningún concepto debía saltárselas.
Dios mío, por fin. Pensó Dana.
Un camarero les trajo una bandeja con los cafés y algunas botellas de diferentes licores.
Bueno después de tan agradable cena, creo que ha llegado la hora de hablar del tema que nos ha traído a todos aquí. Dijo Dana como en un suspiro después de una sesión de yoga.
Mister Smith, era el dueño de una fábrica de aparatos electrónicos de renombre y todos los presentes incluido ella babeaban por atraparlo como cliente. Mister Smith estaba expandiendo su negocio y ya había realizado los trámites oportunos para la instalación de una filiar en territorio español.
Todos los que lo rodeaban, pertenecían a diferentes entidades bancarias que se ofrecían en la gestión de sus cuentas, jugosas cuentas. Eran perros babeando por el mismo hueso. El Banco al que Dana representaba, tenía sucursales por todo el mundo y su nombre era reconocido por la comunidad inglesa. Dana pensó que era una buena baza, pero los perros que estaban a su lado, eran duros y se lo iban a poner muy difícil.
Después de discutir arduamente por dos horas y media, Mister Smith estrechó la mano de Dana.
Lo conseguí, pensó y aunque su corazón le pedía gritar al mundo su logro, se comportó como una gran profesional.
Salieron del restaurante y Dana pagó la cuenta, esa era otra de las normas del manual del buen representante.
Ya en la calle, el Mr. Smith le volvió a estrechar la mano para despedirse sin antes decirle que llamara al día siguiente por la mañana a su asesor jurídico, para concretar los detalles.
Dana estaba pletórica de alegría, tomo un taxi en dirección al hotel, una vez en él miró hacia el cielo a través de la ventanilla del vehiculo y pensó ahora sois mías.
Ella no tardaba mucho en arreglarse, aunque fuera a una reunión importante, pensaba que era una tontería querer parecer algo que no era y siempre había detestado. Tenía en mente a Albert Einstein, el tenía varios trajes todos iguales, del mismo color e igual ocurría con el resto de su indumentaria, el siempre decía que era una perdida de tiempo elegir lo que uno se va a poner “un genio como él debía estar en lo cierto”.
Antes de bajar del taxi que le había llevado a la puerta del restaurante donde tendría lugar la reunión, Dana se apresuró a pintarse los labios, era el último toque para parecer perfecta. Una vez dentro del recinto se dirigió a la mesa que el Maître le señaló, allí se encontró con cinco caballeros, con los que debería discutir sobre un negocio que la podría llevar a la gloria delante de sus superiores y colegas. Resuelta llegó a la mesa y saludó a los allí presentes en inglés, por supuesto. Dana dominaba este idioma como si fuera su lengua materna, no puedes ser alguien en el mundo empresarial sin el.
Después de las presentaciones, se sentó, un caballero de pelo cano hizo una señal al Maître y este anotó lo que todos habían elegido previamente.
¿De qué hablaban caballeros?
El hombre que estaba sentado a la izquierda de Dana rió, mientras le respondia: De nada que le interese señorita Llorach (pues es el apellido de Dana) simplemente de futbol, no creo que a usted le guste este tema.
Dana forzó una sonrisa. ¿Quién era aquel imbécil para dejarla en evidencia nada más iniciar la velada?
Poco a poco y mientras el tiempo transcurría, todos se fueron relajando.
Dana quería iniciar una conversación en torno al asunto que la había llevado allí, pero todos sabían que no podían, tenían que ser pacientes y esperar a los cafés. Esas eran las normas y bajo ningún concepto debía saltárselas.
Dios mío, por fin. Pensó Dana.
Un camarero les trajo una bandeja con los cafés y algunas botellas de diferentes licores.
Bueno después de tan agradable cena, creo que ha llegado la hora de hablar del tema que nos ha traído a todos aquí. Dijo Dana como en un suspiro después de una sesión de yoga.
Mister Smith, era el dueño de una fábrica de aparatos electrónicos de renombre y todos los presentes incluido ella babeaban por atraparlo como cliente. Mister Smith estaba expandiendo su negocio y ya había realizado los trámites oportunos para la instalación de una filiar en territorio español.
Todos los que lo rodeaban, pertenecían a diferentes entidades bancarias que se ofrecían en la gestión de sus cuentas, jugosas cuentas. Eran perros babeando por el mismo hueso. El Banco al que Dana representaba, tenía sucursales por todo el mundo y su nombre era reconocido por la comunidad inglesa. Dana pensó que era una buena baza, pero los perros que estaban a su lado, eran duros y se lo iban a poner muy difícil.
Después de discutir arduamente por dos horas y media, Mister Smith estrechó la mano de Dana.
Lo conseguí, pensó y aunque su corazón le pedía gritar al mundo su logro, se comportó como una gran profesional.
Salieron del restaurante y Dana pagó la cuenta, esa era otra de las normas del manual del buen representante.
Ya en la calle, el Mr. Smith le volvió a estrechar la mano para despedirse sin antes decirle que llamara al día siguiente por la mañana a su asesor jurídico, para concretar los detalles.
Dana estaba pletórica de alegría, tomo un taxi en dirección al hotel, una vez en él miró hacia el cielo a través de la ventanilla del vehiculo y pensó ahora sois mías.
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